McLuhan ya preveía la intervención del ciudadano anónimo en las ruedas de la comunicación como un elemento activo y decisivo del constructo social. Pero Noelle-Neumann también anticipó que ese acceso desbocado y sin filtros terminaría construyendo espirales de silencio en las que la principal damnificada sería la verdad.

Uno de los principales vehículos para dañar el acceso de a la verdad es, precisamente, distorsionar su contenido. No es de extrañar que cuanto más ruido se genere sobre un asunto y cuánto más ingenio humorístico se genere sobre él, más difícil es distinguir la verdad de lo falso; y aún más difícil, pero no menos necesario, distinguirla de las medias verdades.

Lo hemos podido ver recientemente en un tuit del ministerio de igualdad en el que, con un supuesto tono de autenticidad, proponía el concepto «llegar bien a casa es un derecho inalienable de cualquier mujer independientemente de su estado».

Ese principio creo que es innegociable. Lo que es muy desafortunado es el modo en el que lo han expresado. Utilizar la embriaguez -da igual cuál sea el sexo del destinatario- en ese contexto desdramatiza una de las mayores enfermedades de la sociedad: el alcoholismo.

Casi 40.000 personas mueren al año en España por esa enfermedad de las cuales el 32% son mujeres.

Siguiendo el mismo principio, el genio que alumbró esa frase podría haber utilizado «sola y drogada».

Esa perversión del lenguaje se produce cuando éste deja de tener sentido. Y de ahí pasamos a degradar la opinión formado en beneficio del vocerío y a que lo ocurrente sustituya el ingenio. Y ese «Sola y borracha, quiero llegar a casa» contiene todos esos defectos.

Casi al mismo tiempo -mientras asistimos desconcertados a la expansión del coronavirus COVID-19, todo el mundo tiene opiniones sobre el origen, causas, consecuencias y métodos para combatirlo- un entrenador de fútbol -un profesional que podría verse afectado si la medida de jugar a puerta cerrada los partidos termina por implantarse- ha decidido dar un muestra de prudencia poco usual.

Lejos de dejarse llevar por el vocerío, por la opinión rápida e, incluso, aislándose del posible impacto sobre su desempeño profesional, Jürgen Klopp ha dicho que no va a opinar porque no sabe de la materia. Que lo suyo es entrenar a fútbol y ganar partidos. Que para opinar de este asunto ya hay organismos con profesionales formados.

Klopp, además, incluye una valoración muy importante: no por ser famoso mi opinión debería ser más requerida que la de otro ciudadano. Eso, en mi pueblo, se llama humildad.

Cuántos dolores de cabeza, cuántas discusiones agrias, cuántas rupturas y cuántos enfrentamientos amargos nos evitaríamos si fuéramos capaces de decir: «soy un ignorante».

Pero nos cuesta, a mi el primero, porque el hombre, además de ser un animal racional y social, es también soberbio. De los pocos virus que sí tiene cura y remedio sin necesidad de acudir a la farmacia.

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