Que la única solución para construir una sociedad más justa sea matar a alguien lo considero un fracaso.

Una sociedad fracasa cuando la muerte es la solución para mantener el status de sociedad del bienestar.

La muerte, como último acto de la vida, es algo irreversible que nos alcanzará a todos. No es una interrupción de una actividad que pueda recuperarse en cualquier otro momento. No es un punto y seguido. Es un punto y final para todos los implicados: para los que asisten al que muere y, obviamente, al que dejará de estar.

No conozco a nadie que, una vez ejecutada la decisión de finalizar la vida de otro, se sienta objetivamente feliz. No sé si será la tristeza por el modo de despedirse o por lo que realmente implica dar ese paso: nunca más verá su rostro. En el fondo, la muerte -independientemente de las creencias de cada uno- infiere una ruptura irrecuperable.

Por eso, cuando la sociedad decide que matar a alguien es un gran paso adelante, siento que esa sociedad ha fracasado.

Me pasa, por ejemplo, con la pena de muerte. Una sociedad que sólo encuentra en la muerte del condenado la fórmula más eficaz para hacer justicia me parece una sociedad fracasada. Me pasó con la ley del aborto o con la reciente ley sobre la eutanasia. Y esa sensación de fracaso se acentúa cuando compruebo las caras de júbilo de aquellos que celebran estas victorias legislativas.

Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.

Gandalff en El señor de los anillos. J.R.R. Tolkien

Dicen que celebran la conquista de unos derechos largamente acariciados. Dicen que acabarán con situaciones injustas e indeseadas para miles de afectados. Lo celebran, dicen, porque se hará justicia. Y cuando vuelvo a observar su alegría se me araña el alma.

No entraré a explicar si estoy de acuerdo o no sobre despenalizar la eutanasia. Sólo pretendo fijarme en esa contradicción que exponía al inicio: celebrar la muerte como la mejor solución posible es un fracaso.

Sucede que las sociedades que optan por el punto y final son sociedades donde la entrega al prójimo se observa como algo trasnochado y esclavo. Y es en esa distorsión de la realidad, en ese intercambio de papeles donde la entrega queda relegada a carga molesta, donde tan a gusto se siente el virus del fracaso. Un virus letal que termina por devorarlo todo. 

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