Les propongo un ejercicio. Imaginen, por un momento, que el mecánico donde suele reparar su automóvil les dice esto:

Nos sentimos con derecho a inseminar artificialmente a una vaca y, cuando ella da a luz, robarle a su bebé. Aunque sus gritos de angustia son inconfundibles. Y luego tomamos su leche, que era destinado a su ternero, y lo ponemos en nuestro café y nuestro cereal

Las reacciones pueden oscilar desde el cachondeo y el consiguiente rechazo hasta un irracional y crédulo asombro.

Pero esa frase la soltó Joaquin Phoenix cuando recogió su merecido Oscar por su trabajo en Joker. Y de eso va el pensamiento débil. No de las frases más o menos alarmistas y pomposas que sueltan actores, deportistas, músicos o pintores para erigirse en portavoces de determinadas denuncias globales si no de la credibilidad que les otorgamos por ser personas con notoriedad pública.

Otorgamos el sello de credibilidad a aquellos que tienen más exposición pública. Da igual el asunto. Da igual que sea sobre temas sanitarios, climatológicos o económicos. Siempre que sean temas globales la credibilidad la tendrá alguien al que, previamente, deberemos haber aprobado con el sello «comprometido».

Desconozco que formación técnica e intelectual debe poseer un actor, deportista, músico o pintor para discernir sobre lo que ocurre con las corrientes marinas cuando hace valoraciones sobre el cambio climático. Pero gracias a esa exposición pública y a haberse ganado el sello «comprometido» es suficiente para que, de forma irracional, admitamos su credibilidad sobre el asunto.

Volvamos al ejemplo del inicio y repitámoslo ahora con con cualquier otra materia que exija conocimientos de geología, meterología o economía. Muy probablemente colegiremos que, si la afirma nuestro mecánico de toda la vida, es un loro que está repitiendo algo que ha escuchado en algún programa de televisión o radio. Jamás le reconoceremos autoridad en su juicio; no como a esos actores, deportistas, músicos o pintores comprometidos a los que compraremos su originalidad intelectual, su valentía en la denuncia y, sobre todo, una supuesta credibilidad a prueba de bomba.

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