Cuando empecé los estudios de periodismo -que en 1985 se llamaba Ciencias de la Información- un profesor, creo que López Escobar, nos recordó que aquella persona que decide convertirse en “periodista” en el fondo está aceptando un mandato social. En aquel momento, semejante afirmación me pareció pomposa y fuera de lugar.
“A mi sólo me apetece contar cosas que le pueden interesar a la gente” discutimos luego a la salida de clase. Creo que fue Rafa Guijarro, por aquel entonces en tareas de subdirector de la revista Nuestro Tiempo, quien insistió en la idea matriz: ”eso es precisamente la raíz de un mandato social”.
Cuando un periodista decide “abrazar” su condición de “contador de cosas a la gente”, se sitúa en el mismo plano que los políticos, los médicos, los arquitectos, los ingenieros, o los charcuteros. Cumplimos una función que no todo el mundo puede hacer -por falta de tiempo, conocimientos o ganas- y que es necesaria para que una sociedad se pueda construir de forma saludable. De ahí el aviso que nos soltaron en 1985. ¿Pomposo? ¿Grandilocuente? Posiblemente. Pero cuanta verdad encerraba ese aserto.
Un periodista vago, pusilánime, calculador, descuidado traiciona ese mandato social. De hecho, un periodista en esas condiciones no puede aspirar a buscar la verdad, ergo incumple su responsabilidad.
Toda esta larga -y quizás, innecesaria- introducción para situar el plano de responsabilidad de los políticos. Ellos -y quizás con mayor trascendencia que médicos, periodistas, arquitectos y charcuteros- deberían ser los más exquisitos en el cumplimiento de su mandato social.
Cuanta tristeza, rabia e impotencia sentí ayer en los funerales por el militar muerto en Afghanistan. Indignación por una clase político ajena, insensible, o lo que sería peor, posibilistas.
Ayer se celebraron los funerales por John Felipe Romero Meneses. Una persona -nacida en Colombia, que se vino a España para defendernos- que murió lejos de su país de nacimiento, de su país de adopción, de sus familiares y sus seres queridos. Murió en una guerra no declarada porque fue a defender valores que son necesarios respetar. Valores que el mismo Rodríguez Zapatero defiende: por eso estamos allí.
Ahora bien, el presidente del gobierno -que avala nuestra presencia en Afghanistan- decidió hacer una cosa distinta a la que piensa.
Ni a José Luis Rodríguez Zapataro -presidente de España-, Artur Mas -que aspira a convertirse en President de la Generalitat-, Joan Saura -conseller de Relaciones Institucionales de la Generalitat- ni a Ernest Benach, President del Parlament de Catalunya, tuvieron la DIGNIDAD de asistir a los funerales de este joven chaval de 21 años. Una chaval que se partió, literalmente, el alma por nosotros. Y “nosotros” incluye a ZP, Mas, Saura y Benach.
¿Nació en Catalunya? No. ¿Era español? No. Pero se partió el alma por nosotros.
No quiero pensar que esas lamentables ausencias -recuerdo que ellos nos representan a nosotros, los electores- estuvieran motivadas por cálculos de coste político. No quiero pensar en que fueran problemas de agenda -¿cuántas veces las agendas se suspenden por situaciones más importantes que la inauguración de una biblioteca o la recepción de un agregado de la embajada X. Quiero pensar que todos ellos estaban con 42º de fiebre ingresados en la UVI de Mount Sinaí Hospital: por eso fue imposible que asistieran.
La indignidad política se refleja en estos pequeños actos. No pretendo ser “evangelista”, pero muy a menudo los Evangelios muestran un comportamiento ético y moral que no hay de desdeñar. Mateo transcribe: “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré”
Ellos, nuestros políticos, que no olviden que son nuestros siervos. Ellos están aquí para servirnos. Esos cuatro políticos ayer, cuando tocaba demostrar la bondad en lo aparantemente pequeño, no fueron ni buenos ni fieles. Y quizás por eso, nosotros -sus señores- deberíamos actuar a la contra: os lo quitaremos todo.
Tristeza, cabreo supino comprobar que esos cuatro políticos son en realidad cuatro insensatos indignos de ocupar los cargos que ocupan.
Vergüenza siento por ellos.
Aprovecho la ocasión de esta reflexión para que -utilizando una tangente que quizás no venga mucho a cuento- recordar a los alcaldes de Vic y Alcorcón que repiensen, a la luz de la muerte de Romero-Meneses, lo que están maquinando.
Cuando un representante institucional hace gala impúdica de su estulticia política me enciendo.
Me encendí con la patética estampa del conseller en cap, de cuyo nombre no quiero acordarme, haciendo la estúpida broma de la Corona de Espinas. Me caliento cuando el líder de la oposición se calla y se la envaina cuando se le recuerda lo del “3 %”.
Leo unas declaraciones de Ernest Benach, presidente del Parlament de Catalunya y me quedo asombrado, alucinado, perplejo y muy cabreado. Leo esas declaraciones y veo a un político insensible, arrogante, chulo, malcarado y maleducado al reírse de forma despreciable de la situación de miles de familias catalanas.
¿Que mezclo churras con merinas? No. Veamos los hechos.
La cosa se remonta a esta noticia: la que informaba que el Parlament contrató a traductores al castellano para atender a la delegación de Nicaragua -decisión discutible según sea la sensibilidad lingüística de cada uno*.
Y el President del Parlament ha abierto la boca.
No ha sido uno de mis compañeros de trabajo mientras tomábamos un café. No era el director de la sucursal bancaria mientras se fumaba un cigarrillo en la acera conmigo e intentaba explicarme lo mucho que le dolía tenerme que decir que “no”. No era el panadero uruguayo al que le compramos el pan todos los días y que se levanta de madrugada para construir su negocio y mantener a su familia.
Habló el President del Parlament. Y lo que ha dicho me ha encendido. Y mucho.
El president del Parlament de Catalunya ha dicho:
La imagen que tiene el ciudadano de la calle es que se han gastado 1.000 euros en traducciones. Pero nadie explica que el Parlament en dos años ha rebajado 12 millones de euros su presupuesto, de uno de 72 millones. Este esfuerzo de contención que hemos hecho, ahora por mil puñeteros euros, perdón, se va todo
¿1.000 euros son puñeteros? ¿Para quien? Para él -que tiene un sueldo de 153.000 € anuales – quizás sean puñeteros. Para él, que no tiene que sacárselos de su bolsillo y cuyo sueldo es el doble que el de un ministro, quizas sean puñeteros. Para él, que ha visto como miembros de su partido encargaban informes inútiles de miles de euros, quizás sean incluso miserables a la par que puñeteros.
Sabe el señor Benach ¿cuánto cuesta ganar 1.000 “puñeteros” euros? Para una asistenta del hogar 1.000 “puñeteros” euros pueden ser entre 120 y 130 puñeteras horas de trabajo de limpiar mierda ajena. Para la gran mayoría de familias 1.000 “puñeteros” euros es lo que les cuesta su hipoteca-ruina.
Pero claro, para alguien que gana 153 veces más que la asistenta, 1.000 euros son sólo eso: “puñeteros”.
Mire señor Benach, entiendo perfectamente su frustración porque la gente -esos puñeteros votantes/contribuyentes que cada cuatro años les votan y que para los que conseguir 1.000 “puñeteros” euros supone un esfuerzo titánico- no valore la contención del gasto que dice haber conseguido.
Pero bien visto ¿está orgulloso de ese ahorro? Yo lo estaría. ¿Iría fanfarroneado de eso? No, si es parte de mi trabajo. Faltaría más.
O sea que señor Benach no me sea puñetero, porque quien está a punto de irse a hacer puñetas son miles de familias que no son capaces de ganar mil puñeteros euros en un mes. Le recuerdo que esos 1.000 puñeteros euros son sólo un puñetero 0,6% de lo que usted gana en un puñetero año.
O 20 veces menos del valor de las puñeteras reformas de su puñetero coche oficial.
Parafraseando al Jefe del Estado al cual usted pertenece, ¿por qué no se calla de una puñetera vez?
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* Respeto la decisión de esa contratación. Pero me parece una estupidez de tomo y lomo teniendo en cuenta que el castellano es un idioma cooficial en Catalunya y que los señores diputados del Parlament tienen el derecho y la obligación de entenderlo.