Empiezo a escribir este post a unas horas de una de las sesiones parlamentarias más importantes de la historia de la democracia española.

Y, a pesar de que por mis venas aún corre la sangre del periodista que un día fui, sin embargo, no quiero detenerme en los detalles de las últimas semanas y, por supuesto, no pasa por mi cabeza entrar en el análisis cabalístico de lo que puede suceder esta tarde en el Parlament y las reacciones de Moncloa.

Llevo semanas preguntándome cómo hemos llegado hasta aquí; donde “aquí” no es un espacio físico reconocible por unas fronteras ni tampoco es un momento histórico determinado. Aquí -o el aquí que personalmente contemplo- responde a un estado intelectual abandonado de toda razón.

El aumento de los populismos ha tomado como rehenes a miles de chavales que, paradójicamente dentro de unos años, van a tener la responsabilidad de comandar el destino de nuestras vidas. Y los estamos abocando a una tarea gigantesca dejándoles como herencia unos recursos inútiles y falsos.

Ellos, estos chicos de entre 15 y 25 años, han asistido al desmoronamiento intelectual y político de una sociedad que, unos años ha, despertó la admiración del mundo entero. Y unos de los principales responsables de ese hundimiento somos nosotros: los que heredamos la responsabilidad de transmitir los auténticos valores de la democracia.

Hicimos dejación de nuestras responsabilidades porque el brillo del progreso y el bienestar personal nos cegó y, por otra parte, el esfuerzo intelectual que suponía mantener y mejorar el relato nos abrumó.

No nos diferenciamos mucho de esos romanos que, abandonados a su comodidad personal y confiados en que el Senado lo resolvía todo, olvidaron el uso de la razón para asistir, atónitos, al desmoronamiento de aquel imperio que había traído la Pax Romana. Esos diletantes paletos no entendieron que, voluntariamente, habían abrazado las vivencias como un simulacro de la vida real.

Renunciamos a nuestras responsabilidades consumiendo un cóctel explosivo que combinaba, casi a partes iguales, la holgazanería intelectual y la avaricia por nuestro bienestar personal.

Los que ahora tenemos funciones de gobierno y decisión ya sea en política, en la empresa, en la escuela o en el entorno familiar, no hemos sido ejemplares. Nuestra caída empezó cuando nos dio pereza transmitir la herencia que habíamos recibido en forma de democracia restaurada. Al no participar en primera persona de todo lo que ocurrió -apenas éramos mocosos deslumbrados por las primeras televisiones en color- el aprendizaje vital tenía que ser sustituido por el esfuerzo intelectual. Pero eso, ay, requiere una dedicación que se vuelve titánica cuando, además, toca explicar esa herencia.

Nosotros, los que nacimos a mediados de los sesenta, somos la auténtica generación perdida. Mal entendimos que esa herencia era un derecho y no una obligación. Dejamos que se enmoheciera y, en ese abandono, permitimos que nuestras hijos bebieran el agua de un ecosistema que nosotros mismos dejamos que agonizara.

Nos abonamos al grito como recurso argumentativo. Empobrecimos la razón con una dieta raquítica de titulares. Nos atrincheramos en las guerras de partidos para quedar, finalmente, sepultados por lo políticamente correcto. Nos olvidamos de nuestra Pax Romana cuando decidimos convertir a los rivales en enemigos, olvidando que lo único que se combate son las ideas, no las personas. Y lo que era un jardín dejamos que se conviertiera en una selva.

Somos la generación que, gracias a una preparación técnica sin parangón en la historia de la humanidad, alumbramos el gran cambio tecnológico y que, sin embargo, no hemos sido capaces de explicar a nuestros hijos cómo pueden convivir valores como el “esfuerzo”, “respeto al prójimo” y “honestidad” en el marco legítimo de la discrepancia y la disensión.

Y no hemos sido capaces de transmitir ese ejemplo porque no lo hemos querido practicar.

Sí, nosotros somos los responsables porque preferimos la vivencia a la convivencia.

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