Sabes que los populismos han vencido cuando, ante cuestiones opinables, la sociedad abraza como única respuesta posible el blanco o el negro.

Uno de los rasgos esenciales del populismo es la reducción del debate a la acusación constante del adversario y, para ello, primero es necesario eliminar cualquier atisbo de duda o crítica interna. De este modo, se aseguran un discurso hegemónico hacia el exterior. Su posición monolítica es en sí misma un mensaje: somos uno. Para ello, hay que identificar con urgencia al que pone en duda la línea oficial.

Para los populismos el enemigo real no es el que defiende la opción contraria. Ese, en todo caso, es el rival, aunque por cuestiones de discurso utilicen la etiqueta “enemigo”. Y ambos se necesitan mutuamente para explicar su existencia y perpetuar el conflicto.

Porque, no podemos olvidarlo, los populismos viven de y para el conflicto.

Los principales enemigos del populismo son aquellos que viven en la zona de grises. Esa posición de duda crítica incomoda a los populismos porque permite a los individuos construir su propio relato y esas ideas podrían llegar a cuestionar tanto la validez de sus líderes como de sus postulados y, aún peor, expandirlos al resto de la ciudadanía.

Los populismos construyen su argumentación en función de su objetivo y nunca a partir de la observación de la realidad. Primero son las conclusiones y luego la argumentación que le da sentido a su discurso. Condicionan el relato en función de su propio final.

Para ello no dudan en trocear la realidad en pedazos para poder seleccionar los retales que más les interesan y construir su propio relato. A partir de ahí, el camino es simple: justifican conclusiones absolutas que previamente ya habían elegido.

Su especialidad es tomar la “parte por el todo” para elevar, por un lado, esa simplificación de la realidad a la categoría de “único relato válido y verdadero” y, por otro, eliminar esas peligrosas zonas de grises. Por esa razón, necesitan hablar con mensajes cortos y directos. Mensajes construidos en plural ya que, desde su visión excluyente, se arrogan la voluntad del pueblo -nunca de las personas- a pesar de que su visión no sea representativa de la mayoría real. Mensajes diseñados para provocar reacciones primarias y nunca racionales. Mensajes que, en realidad, son consignas y no argumentos racionales.

Los representantes de los populismos -normalmente una élite minoritaria que suele quedar a salvo de los embates de los rivales- se autoprocalaman como la “voluntad del pueblo”. No es de extrañar, por tanto, que utilicen modelos como la democracia asamblearia o asambleas a secas para manejar a su antojo su voluntad. Gracias a la promesa de una participación directa y sin intermediarios, los líderes populistas pueden identificar a aquellos que presentan la enfermedad de la “zona de grises” y, en consecuencia, apartarlos o purgarlos.

Los populismos no negocian, no dudan, no son generosos por vocación sino por tacticismo. Los populismos odian la duda y señalan a aquellos que se sitúan en mitad de los bandos acusándoles como cooperadores del avance rival. Dependiendo del grado de tensión, la terminología que usan incorpora términos como “blandos”, “débiles” o directamente, “traidores”.

Saben que las ideas más peregrinas pueden ser vendidas siempre y cuando el relato incorpore dos aspectos fundamentales: la emoción y la épica. Combinados ambos, los populismos generarán un caldo de cultivo perfecto para alimentar y hacer crecer el sectarismo de sus más ardientes defensores. Éstos creerán que su participación es esencial e indispensable y, llegado el momento, se ofrecerán como mártires para la causa y, en esa ceguera, llegarán a justificar las mentiras de sus propios líderes porque el rival es peor. Y contra ese rival cualquier medio quedará justificado.

Los populismos dan un salto de visibilidad cuando, por fin, consiguen inmolar a uno de los suyos al que etiquetarán como “mártir”. Para poder capitalizar ese martirio los populismos suelen dedicar esfuerzos a la gestión de la información. Ahora, gracias a la democratización de los medios digitales, la difusión de sus mensajes es mucho más poderosa: no les requiere grandes inversiones, su difusión es casi inmediata y pueden incorporar recursos transmedia -previamente manipulados- con el objetivo de impactar en el área emocional de sus adeptos.

El populismo tiene una voracidad insaciable y, como desprecia el debate dialéctico honesto, prefiere ir a por aquellos que presenten la menor resistencia posible. No es de extrañar que entre sus primeros objetivos estén los acríticos, los impresionables o los que aspiran vivir emociones trascendentales.

Un elemento fundamental en ese proceso de fagotización es la creación de un nuevo lenguaje. Para dar sentido a ese relato, construido a base de pedazos, necesitarán de un adhesivo especial: las palabras. Crearán nuevos términos inexistentes en la semántica, vaciarán de sentido palabras incómodas y, sobre todo, tratarán de ridiculizar, con cómicos juegos, palabras que forman parte de la columna vertebral de sus adversarios.

En este sentido, Montse Doval -periodista y profesora de la Universidad de Vigo- me hace una puntualización que encuentro de gran valor:

Los populismos abusan del lenguaje como herramienta de diálogo para convertirla en arma para ganar batallas. La finalidad no es alcanzar un mejor conocimiento de las situaciones, de la realidad, sino prevalecer y ganar. No es comunicación en sentido estricto puesto que no se desvela lo que hay en la mente sino que se usa el lenguaje para capturar.

Al debate honesto oponen la falacia ad hominem. Ante la pobreza de sus propios argumentos responden, con errores si hace falta, detalles extemporáneos. Y, por supuesto, sea cual sea el tema del debate, tarde o temprano recurren a la Ley de Godwin. En eso son unos auténticos maestros. 

Su propuesta, diseñada sobre ensoñaciones, intentará captar el interés de los desnortados. Y, con premura, les obligará a elegir entre A o B. Entre papá o mamá. Entre el blanco o el negro. Entre ellos -los buenos- o los otros -los malos. 

Finalmente, cuando el individuo claudique le habrá entregado lo que queda de su capacidad crítica, quedando convertido en masa y desposeído de su maravillosa unicidad.

Gracias a los mass media digitales sabemos que los populismos ya no viven exclusivamente en oscuras dictaduras militares. También sabemos que los populismos ya no tienen que ser necesariamente políticos.

Tras la terrible crisis económica su presencia, crecimiento e influencia se ha acelerado en todo el mundo. Y, ante el desconcierto de una sociedad huérfana de referentes morales y éticos, han penetrado  en manifestaciones territoriales, culturales, deportivas e, incluso, religiosas.

P.D.: El esforzado lector que haya llegado hasta aquí quizá le interese conocer lo que Alain Finkielkraut ya anticipaba en 1987 en su “Derrota del pensamiento”. He tomado prestada la “cultura zombi” que el proponía y personalmente la coloco como uno de los gérmenes de los populismos.

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