Hace cuarenta y tanto días decidí retirarme a una cueva anímica donde no tuviera acceso a la redes sociales. ¿Los motivos? Un poco de todo: cansancio por el excesivo ruido y la banalidad de muchas discusiones. Pero, sobre todo, porque el testimonio de Gustavo en “” -en el que reconoció que padecía una adicción al móvil- encendió todas las alarmas.

Conozco al bueno de Gustavo desde hace años. Nunca me esperé de él semejante declaración. Y no me lo esperaba porque lo considero -y lo sigo pensando- un tipo con la cabeza muy bien amueblada. Su testimonio y las cosas que contó en esa entrevista me interrogaron directamente. Y, tras un periodo de tiempo en el que hice algo así como un “examen de conciencia” sobre mis comportamientos y prioridades, la respuesta que obtuve me acojonó. Al cabo de un día cualquiera, había dedicado muchas horas a una actividad en la que se mezclaban, en un desorden imponente, la bronca, las risas y la vaciedad más absoluta.

Aquí os dejo parte de su valiente -y reveladora- experiencia. Gracias Gus!

El sueño se vio afectado. El rendimiento laboral, también. E, incluso, el modo de interactuar en conversaciones presenciales.

Reconocer esa situación, queridos, me hizo ver un precipicio bajo mis pies. “¿Es posible que una cosa tan tonta como me haya separado de la realidad?” Empecé a entender muchos problemas que, o bien eran consecuencia directa de esa adicción, o bien se amplificaban con la suma de esa adicción con mi TDAH. Da igual, el asunto era que tenía -y probablemente siga teniendo- un problema que exige tomarse este problema de otra manera.

Ejecutar la primera parte de la decisión fue lo más sencillo: apenas se  tardan unos segundos en desinstalar todas la redes sociales de mis dispositivos móviles. Lo que vino después, ya no lo fue tanto. Se vive una especie de “síndrome de abstinencia” que puede recordar a la experiencia de quien luchando por dejar de fumar: muchos y pequeños actos habituales que los experimentamos asociados a coger el móvil de forma compulsiva (o encender un cigarrillo)

Durante estos cuarenta y pico días de ayuno digital he entendido estas tres cosas.

1. Mi adicción a las redes sociales llegó sin darme cuenta. Y lo hizo por la acumulación de pequeños actos a los que no presté mucha importancia en su momento. Esos “venga 5 minutos más y me voy a la cama” y que terminaron convirtiéndose en varias horas de charla digital. O “sobre estos 27 asuntos tengo que dar mi opinión sea como sea”. O “a este desgraciao se le va a caer el pelo por lo que ha publicado”. En una palabra, desbocado.

2. Mi conocimiento de la actualidad se ha visto afectada muy seriamente. Durante estos cuarenta y pico días en la cueva me he enterado con bastante retraso de la muerte de Carme Chacón, de las peleas en el Parlament, de atentados, de las habituales rajadas de políticos, etc. Gracias a mi desconexión de Twitter he podido comprobar que no tengo el músculo ni la constancia de procurarme la información que quiero consumir. Antes de esta autodesconexión, mi conocimiento del mundo era casi totalmente reactivo. La actualidad llegaba a mi timeline de Twitter sin que tuviera hacer nada. Y, como estaba permanentemente conectado, aparentemente siempre estaba al día. En una palabra, autoengañado.

3. Esta parte me preocupa bastante: cuidar las amistades digitales. Reconozco que, gracias a las redes sociales, he conocido a personas muy interesante con las que mantengo una relación de afecto y estima. Mira, en este caso le doy un punto positivo a Twitter. Con estas personas hemos procurado vernos en el “mundo no digital” y hemos mantenido el contacto vía whatsapp y, se terciaba, incluso con llamadas telefónicas. Pero, y de ahí esa preocupación, en la base de esa pirámide no se encontraba la voz física. Por eso, en estos cuarenta y pico días en la cueva he descubierto que apenas he mantenido contacto con ninguno de ellos. Y me duele. Me duele porque no he sido capaz de invertir el modo en el que me relaciono. Ya sabéis: la empatía. En una palabra, aislado.

Termino.

Confieso que durante estos cuarenta y pico días en la cueva entré una vez en Twitter y fue para dar visibilidad a un artículo de una buena amiga. Y, que cosas tiene la vida, vi que apenas un puñao de amigos se había dado cuenta de mi ausencia. En una palabra: revelador.

P.S.: Ya tiene su aquél que para dar a conocer esto que he escrito tenga que entrar en Twitter y Facebook. Un guiño irónico, sin duda.

Comparte este post.