Creo que nunca antes había hablado de fútbol en este blog. Es un deporte que me apasiona pero al que le doy una importancia relativa excepto cuando lo que ocurre a su alrededor puede extrapolarse a nuestra vida diaria. Entonces, el fútbol como reflejo de nosotros mismos, pasa a interesarme mucho.

Soy del RCDEspanyol. Una anomalía como otra cualquiera. Un equipo pequeño, luchador habituado a vivir en el susto permanente e instalado, habitualmente, a un paso del precipicio. El RCDE a menudo se presenta, y con acierto, como una alegoría de la aldea gala de Asterix y Obélix.

Recientemente, uno de los jugadores del RCDE fue silbado por su (nuestra) afición. Se le acusa de “desganado, poca sangre, sin implicación”. Muchos dicen que, simplemente, es malo y que no da más de sí. En el último partido, la bronca que este jugador se llevó por parte de la grada fue bastante intensa. Cuando faltaban pocos segundos para entrar al campo sustituyendo a otro jugador empezaron los silbidos y continuaron cada vez que tocaba la pelota.

Bien. Hasta aquí los hechos. Vayamos a las conclusiones.

Imaginad por un momento que en vuestra empresa tenéis un jefe que siempre que tomáis una decisión os humilla delante de vuestros compañeros. Una de sus frases habituales es “tú no tienes ni idea” o “qué malo eres”.

Un día lo acorralas en la máquina del café y le dices: “oye, ya vale ¿no? Deja de humillarme en público. Hago lo que sé y lo que puedo. Nunca me he quejado. No soy motivo de mal rollo ni te monto broncas. Respétame”.

Sigamos. Imaginad que vuestro jefe os responde: “He tenido mucha paciencia contigo. Te echaría pero ahora no puedo. Además, ¿de qué te quejas? Cobras tu salario ¿no? Y además es un buen salario. O sea que apechuga con mis palos”.

Termino. ¿Cuál creéis que sería vuestro ánimo? Vuestra aportación a la empresa y a vuestros compañeros ¿sería la mejor?

O dicho de otra manera ¿creéis que, con esas broncas y humillaciones del jefe, vuestros resultados serían mejores?

A esta última pregunta seré rotundo: No, los resultados no serían mejores. Tener a un empleado humillado en el equipo es una de las peores cosas que le pueden pasar a una empresa.

Es una cosa que he podido comprobar de primera mano en la educación de los chavales: hay que exigirles siempre, pero nunca humillarlos… y mucho menos en público. Y hay que reconocerles los que hacen bien. Y ser tolerantes con el error si, tras su acto, ha existido realmente rectitud de intenciones.

Alguien podrá responder, y no sin razón, “ya es mayorcito para irle con paños calientes”. Pero permitidme que vuelva al ejemplo de la empresa. Y en este caso me pondré contaré una experiencia personal.

A principios del nuevo siglo participé en una de las startups tecnológicas más importantes de este país. Mis jefes -Quim y Antonio- fueron dos de los tipos más duros y exigentes que he conocido jamás. Pero nunca-nunca-nunca tuvieron un desplante en público hacia sus empleados. Cuando las cosas se ponían tiesas con los clientes, mis jefes jamás tenían dudas: se ponían ponerse a nuestro lado. Eran más de felicitar en público los éxitos y corregir los errores en privado. Y siempre con respeto. Siempre con exigencia.

Esa empresa, formada por unos chavales donde había más entusiasmo que preparación, resultó clave esa motivación que percibías de tus superiores: y esa empresa resulto ser una de las más innovadoras y rentables de la internet en España. De ahí salieron proyectos como Infojobs, Softonic, Neurona o amigos que luego fundaron empresas como Atrapalo. También salieron emprendedores muy reconocidos y por los que, en principio, nadie hubiera apostado ni un duro por ellos.

Fueron años increíbles donde no nos temblaba el pulso para asumir retos. Sabíamos de nuestra inferioridad en conocimiento pero nadie nos ganaba en entusiasmo. Nos sabíamos respaldados por nuestros superiores que nos animaban constantemente a seguir a pesar de los partidos perdidos. Y al final del campeonato, el resultado fue brillante. Muy brillante.

Y os puedo asegurar que ninguno de nosotros éramos Messi o Cristiano Ronaldo. Es más, si tuviera que poner una comparación, diría que nos parecíamos más a Salva Sevilla.

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