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narra en The Road el terrible viaje a ninguna parte de un padre y su hijo arrojados en medio de un mundo devastado por una catástrofe donde la escasez de recursos ha convertido a la mayoría supervivientes en caníbales.

Esta trama, la principal, sirve de excusa a McCarthy para reflexionar sobre las consecuencias de la máxima de Hobbes: si el hombre es un lobo para el hombre, ¿queda espacio para la caridad?.

El autor, ocupado en construir un relato desnudo, omite deliberadamente tres aspectos básicos de cualquier narración: la causa del holocausto, nombre y edad de los personajes, y el tiempo y el espacio geográfico donde transcurre la acción. De este modo, adquiere un alcance universal: esto es lo que ocurrirá independientemente del cuándo, el porqué, el dónde y el quién.

El lector, abrumado y dolorido ante esa carretera sin mapa, se enfrenta a la gran pregunta con una aterradora perplejidad: ¿sabré estar a la altura de las circunstancias cuando llegue el momento?

Eso sí, McCarthy lanza una advertencia terrible: nuestros actos no serán espontáneos; serán reflejos de cómo hemos vivido, de cómo hemos amado.

Y ante este panorama el lector buscará el vano consuelo de creer que The Road es una novela de ciencia ficción. De un tiempo que nunca llegará.

Pero mientras nos sentimos seguros parapetados tras nuestras poderosas e indestructibles cuentas de Twitter, Change.org o Facebook, The Road ya empezado. En . En . En Sudán. En las vallas de Ceuta.

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