España es, pese a las imperfecciones lógicas de cualquier constructo humano, un estado de derecho. Eso significa que hay un compromiso firme para defender el ejercicio de la libertad y se intenta perseguir, en su justa medida, a aquellos que intentan destruirla. Hemos cometido errores y equivocaciones, pero en eso estamos desde 1975: luchando para que este estado de derecho deje hacer a los buenos e impida a los malos darnos por saco.

Ayer, Jordi Évole sentó a su mesa a Arnaldo , un político, no sé si ya ex miembro de , y condenado por pertenencia a banda armada.

Sentar a alguien de este perfil para desentrañar qué diablos pasa por su cabeza enferma no es malo. Al contrario: es lo que hace fuerte a una democracia. Es lo que nos separa de la animalidad irracional de las bestezuelas como Otegi. Sirve para marcar una raya: nosotros la palabra y la razón, ellos -ese que veis ahí sentado argumentando como una ameba- la bala en la nuca y el hoyo del secuestrado.

Hasta ahí, perfecto Jordi Évole. Más que legítimo diría que es necesario. Sano. Provechoso. Pero para acercarse a esta temática mediante una entrevista -ergo, dejarle hablar- hay que tener un cuajo especial y, además, tener en cuenta unas cuantas cosas que no hiciste. Te lo explico a continuación.

Jordi, te olvidaste de una regla elemental en periodismo: cuando se entrevista a un delincuente, el entrevistador tiene la obligación de pertrecharse de los suficientes recursos emocionales y morales para no caer en una especie de síndrome de Estocolmo. Si cae, como te pasó Jordi, es que algo no ha funcionado bien.

El problema continúa cuando, con indisimulada soberbia, intentas conseguir el mismo nivel protagónico que el entrevistado. Esa soberbia la podemos comprobar en cómo fue tu reacción al aluvión de críticas.

Y el problema estalla cuando, ya no sé si por miedo o por buenismo ignorante, permites que el entrevistado -un animal confeso- abuse de tu altavoz para intentar hacernos creer que nosotros, los que ni disparamos ni secuestramos ni extorsionamos, tenemos la misma responsabilidad que los matarifes , , Kubati o Inés del Río. Sí, he dicho: “permites”.

No Jordi. No se puede dejar el micro -mientras interpretas el rol nada creíble de periodista escandalizado- a quien ha apostado por la via de la violencia y que, válgame Dios qué sorpresa, no ha condenado ni Vic, ni Zaragoza, ni Hipercor… ni hasta los más de 800 muertos y no ha manifestado ninguna compasión por las miles de familias destrozadas que ha dejado la organización a la que él perteneció y la que, por desgracia, aún sigue justificando.

Hagamos un ejercicio a la inversa apreciado Jordi. Una prueba del algodón: ¿Tratarías igual al más asqueroso de los banqueros imputado por uso y abuso de nuestros ahorros? ¿Al peor de los pederastas?

El historial de los actos del entrevistado rotura el tono de la entrevista. Y en este caso, Otegi, un condenado que no ha mostrado arrepentimiento alguno y que nos sigue señalando como su enemigo, no puede tener el mismo trato que el ganador del premio Nobel de la Paz. No. Ni se puede ni se debe.

Por todo esto, aunque te pese Jordi, lo que has hecho no es periodismo. Es exhibicionismo oportunista. Y eso es lo peor que puede hacer un periodista.

Y una última cosa Jordi, la foto de familia -“que se note que la barbacoa entre amiguetes nos ha salido de narices”- además de innecesaria es obscena.

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P.D.: En este mismo blog defendí a Jordi Évole cuando, en un sanísimo ejercicio para purgar demonios, realizó su polémico “mockumentary” sobre el 23-F.

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