No creo que vaya aportar nada nuevo sobre todo lo que ya se ha dicho acerca del programa del que presentó Jordi Evolé en la Sexta. Aún así, como amante del género documental y en especial de los mockumentaries, no podía tener la boca cerrada 😉

Vayamos por partes.

  1.  Jordi Évole no es un periodista al que tenga una especial simpatía. Ya le he visto un par de Salvados donde busca descaradamente la condena de algunos entrevistados y de sus ideas bajo la excusa de una falsa objetividad. El de la escuela diferenciada fue, por ejemplo, una colección de estereotipos donde la falta de rigor apuntaba a un solo objetivo: desprestigiar sin razones. En otras palabras, Évole tomó partido olvidando el compromiso de bucear en los hechos sin partidismos.
  2. Reconozco que su etapa como Follonero con Buenafuente en TV3 me gustó mucho. Fresco, descarado, y con mucho nervio. Algo muy poco habitual en un primerizo.

Al tajo.

  1. El programa sobre el 23F fue un ejercicio de ficción pura y dura.
  2. En él se utilizaron técnicas periodísticas con el objetivo de convencer a la audiencia de que eso que estaba viendo era la verdad que durante años se nos había ocultado, escatimado, robado.
  3. Periodistas con mucha notoriedad mediática (Gabilondo), cineastas premiados (Garci), políticos históricos (Rojas Marcos, Anasagasti, Vestrynge o Leguina) configuraban el dramatis personae de la historia. Este elemento es esencial para que la historia parezca verosímil.
  4. Entre ellos fueron tejiendo, como si fuera un rompecabezas, una historia que aunque increíble, pareciera totalmente verosímil.

Y ese fue el gran acierto de Évole: superar la difícil barrera de lo “creíble – inverosímil”, e instalarse en el “increíble – verosímil”. Y en ese tránsito nos vimos más o menos todos arrastrados. Poco o mucho tiempo, da igual, pero todos arrastrados. Évole nos estaba metiendo un gol olímpico y la audiencia mirando el dedo en lugar de mirar la luna.

Estábamos tan ocupados en mirar ese dedo (la narración y la historia) que la luna (el gran engaño de la historia) nos pasó desapercibida.

De todos modos, Évole no hizo algo novedoso.

Ya en 1998 RTVE produjo y emitió una serie mockumentary en la que se afirmaba que García Lorca había fallecido 20 años más tarde o que el 2 de mayo fue “una maniobra de distracción de las tropas napoleónicas para cometer un atraco.”

Y el otro gran mérito de Évole.

Además, asistimos a un apasionante y polémico debate en Twitter.

Un debate, en el que algunos se desnudaron más de lo necesario.

 

Para saber más sobre el impacto de este debate en Twitter dejo el enlace al obligado post  de @newsreputation.

Ideas de fondo

La historia de los mockumentaries de éxito es extensa. Tenemos el clásico de sobre la famosa llegada a la Luna o el jocoso y descerebrado documental de Rob Reiner sobre los míticos .

Pero en esta España donde todo lo relacionado con la política es de una gravedad apocalíptica, Évole planteó dos ideas muy sugerentes:

  1. Hacer un documental sobre un tema del que apenas se puede decir nada, ya que está bajo secreto de sumario -ergo todo lo que se diga serán fragmentos más o menos hilados pero sin una documentación objetiva que los sustente.
  2. Y plantearnos algo mucho más serio: no os creáis todo lo que veáis por televisión.

Évole ha roto la baraja. Ha cuestionado al propio gremio de periodistas -almenos a los que trabajan en el entorno de la televisión. Y esa suspensión de la incredulidad nos ha devuelto gozosamente al ejercicio de Coleridge.

No es de extrañar que sea el propio gremio de periodistas quien haya atizado con mayor dureza lo que ellos denominan una “frivolidad innecesaria sobre algo tan serio como fue el 23F”.

Évole no pone en duda la gravedad del 23F. Cuestiona, entre otras cosas, que aún no sepamos el contenido del sumario.

(Paréntesis: el acercameinto “coñón” es algo que, por cierto, ya hizo La Trinca con la memorable “Dansa del sabre” a los pocos meses del intento de golpe de estado)

Pero no quiero desviarme: Évole, por una vez, ha sido honesto. Ha terminado la narración reconociendo que lo suyo había sido una ficción. Lo reconoció para evitar malas interpretaciones. Punto.

La supuesta verdad duró lo que duró el documental.

Y cuando llegó el momento de la descacharrante aparición de la caja blanca ya no hacía ni falta las aclaraciones de los actores cómplices.

El hecho de que Évole rescatara el “Rosebud” particular de esta historia acercaba más su ficción a Ciudadano Kane que a la Guerra de los mundos de Welles.

Epílogo.

  1. Se puede hacer ficción con recursos periodísticos, si al final se aclara que todo eso es una ficción con el objetivo deliberado de engañar. Para aceptarlo como es debido, el espectador deberá reprimir su ego y reconocer que le han tomado el pelo.
  2. Resulta que la mayoría de los periodistas que manifestaron sentirse ofendidos, se habían creído la historia. Y no sólo eso: lo habían publicado en Twitter.
  3. A nadie le gusta que le hagan pasar por tonto. Y menos con un tema que para la prensa es tan importante porque aún sigue teniendo tirón. Desdramatizarlo supone rebajar las expectativas y el interés ante nuevas revelaciones.
  4. Évole podría -sin quererlo- haberse anudado la soga alrededor de su cuello. Ha cruzado una línea roja: él mismo forma parte de este circo televisivo que con tanta mala leche acaba de ridiculizar.

Es decir, “no te fíes ni de mi mismo”. Firmado, Jordi Évole.

P.S.: Por cierto, me declaro un fan incondicional de esta aventura. Agradecerle que, por una vez, alguien nos haya acercado a nuestra historia proponiéndonos la duda metódica sobre la verdad catódica.

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