Liderazgo e idolatría

En una sociedad como la nuestra donde lo que parece presente ya es pasado, es difícil discernir entre los líderes y los ídolos. La necesidad de emitir juicios rápidos para intentar dar luz a los actos que nos conforman el día a día, en muchas ocasiones nos lleva a confundir los papeles de aquellos personajes que son motor de esos mismos hechos.

Ocurre en casi todas las materias mundanas, aquellas que condicionan con más prosa que poesía nuestra vida: deporte, política, espectáculo, economía. Todo tiene que ser explicado con la lupa instantánea. Por eso, con tanto ruido público, a veces resulta difícil separar ídolos de líderes.

Los ídolos son aquellos personajes que aprovechan la mística que envuelve su figura para anular el juicio crítico sobre sus sombras. Los idólatras no justifican sus debilidades: simplemente, no las reconocen. Son mentiras, dicen. Exageraciones malintencionadas. En el caso máximo de auto crítica recurren al pobre mantra «seguro que hay una explicación».

Aunque muchos ídolos se aprovechan de esa corriente acrítica que sostienen sus admiradores, también parece que muchos de esos ídolos lo son a su pesar. Y es que, en el fondo, somos nosotros quienes los hacemos transitar del liderazgo a ser ídolos cuando nos creemos que sus actos trascienden la explicación humana.

De hecho, la evolución de un líder a ídolo suele ser a menudo incontrolable por parte del protagonista, si bien en esa notoriedad narcisista voluntaria radica en muchas ocasiones la primera de las sombras del líder que pasa a ser ídolo. ¿Ejemplos? Empiecen por las grandes figuras deportivas de los últimos 100 años que con sus incontestables exhibiciones nos llenaron de asombro. Ellos solos tiraban de todo el equipo. Ellos solos vencían a poderosos rivales. Sólo ellos podían vencer estando heridos. Pero si ese líder, después de coronar su hazaña, buscaba el reconocimiento público como parte de su botín, estaríamos ante el primer indicativo de su interés por ser reconocido como ídolo.

Pero insisto, somos cada uno de nosotros quienes otorgamos y quitamos estas etiquetas. Somos nosotros quienes aceptamos esos modelos y les damos la categoría que queramos que tengan en nuestra vidas.

Y diría que no existe ninguna actividad humana que no se escape de esta situación: el líder propone un modo de ser y hacer, el ídolo un modo de aparentar.

PJ

El periodismo no es un caso al margen. Y Pedro J. Ramírez es, quizás, uno de los exponentes más evidentes donde conviven, no sin cierta esquizofrenia, el líder y el ídolo. Como decían ayer en las noticias de La 2, quizás este sea el único nombre de director de periódico que conozca la mayoría de los españoles.

No puedo ni debo hablar de la intimidad de Pedro J. No puedo -porque no la conozco de primera mano- ni debo -porque las cosas que sé vía amigos interpuestos, pertenecen a la honra debida que exige el respeto a la intimidad de toda persona.

Como profesional me cuentan, y leo, que es duro, exigente, quisquilloso, competitivo y obsesivo. Dicen que quiere ser el primero y ganar sin atisbo de dudas. Que a menudo revisa y crea sus reglas para encontrar acomodo a sus actos. Que es infatigable y tiene una única pasión como meta (hacer el mejor periodismo posible) y muchas derivadas como objetivo: infundir respeto y temor porque quien pisa no es pisado. O quizás la meta sea pisar para no ser pisado, y el objetivo sea hacer el mejor periodismo posible.

Dicen que actúa así porque cree que es un modo de protegerse eficaz y legítimo. Que en ese convencimiento monolítico de lo que hay que hacer, conviven un ego tan enorme que a veces le ha traicionado en sus análisis racionales.

Quizás todas esas características que cuentan quienes lo conocen bien, explican que Pedro J. haya sido -tras la marcha de Luis de Olmo y el paulatino ostracismo de Iñaki Gabilondo- la figura más relevante del periodismo de este país de los últimos 30 años. Tan relevante y tan influyente que sus dos ceses como director de medios han sido portada incluso en las primeras de sus competidores.

La despedida

Me disgusta el Pedro J. ídolo por su propensión a la notoriedad. Me interesa el Pedro J. líder por su obsesión por el trabajo excelente: buscar la presa y no soltarla hasta que vuelve a la guarida demostrando que su clan es el mejor. Y esas dos facetas las hemos visto en un vídeo memorable que todo aspirante a periodista -ya esté en bachillerato barajando carreras o en el último curso de la carrera- debería ver sin pestañear.

Pedro J. se equivocó muchas veces: de forma persistente y orgullosa. Supongo que como personaje a veces abandona las obligaciones del líder para buscar el regazo y el cariño irracional que se le profesa al ídolo. No lo sé, la verdad.

En el vídeo en el que ayer vimos a Pedro J. despedirse de sus redactores en la misma redacción -no podía de otro modo, en una magnífica puesta en escena que firmaría el mismísimo Aaron Sorkin- dio tres masterclass en una: una pequeña lección de memoria histórica (repaso a las mejores portadas de El Mundo), un bastante notable curso de protagonismo narcisista (sabía que era foco de atención dentro y fuera de la redacción) y una inmensa lección magistral de qué es el periodismo al dar protagonismo a los autores -estuvieran o no en la redacción- de esas informaciones que en más de una ocasión provocaron un vuelco político.

Vimos al ídolo y líder convivir en la misma persona. Y quizás eso explica lo complejo que debe ser trabajar con él.

Periodistas, no redactores

Las nuevas generaciones encontrarán en el vídeo de Pedro J. la explicación de por qué esta profesión es tan hermosa, tan apasionante y, curiosamente, sólo reservada a unos pocos. Su larga, emotiva y emocionante despedida desgranó pedazos de realidad y de verdad.

Porque ésta es una profesión donde habitan demasiados redactores pero pocos periodistas. Y ayer este director de diarios incómodo, narcisista, maníaco, obsesivo y enamorado de esta profesión, hizo un llamamiento a los periodistas para que vuelvan a tomar las riendas de ese mandato que como sociedad les hemos cedido: sois nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra boca, nuestros dedos.

Termino con un aspecto que sí me ha gustado mucho de Pedro J. Ha osado tratar a los centros de poder como ellos suelen tratar a los periodistas: como kleenex. No ha dudado en pagarles con la misma moneda del uso de la amistad para abusar luego de su confianza. Y lo ha podido hacer así porque él es un centro de poder en sí mismo. Pero es un centro extraño para el poder tradicional.

Más sobre Pedro J

Algunos enlaces de interés que explican desde la cercanía personal o desde la pura analítica de los hechos cómo ha sido el terremoto PJ y qué puede pasar a partir de ahora:

Epílogo

Soy de los que decidió estudiar periodismo porque encontré un ídolo. Sí, lo reconozco: era un tierno estudiante de Bachillerato -entonces COU- que se quedó pegado a la pequeña pantalla creyendo que lo que hacía Lou Grant era verdad. Sé que no soy el único que hizo esta exhibición de falta de sentido crítico: dotar de credibilidad a las andanzas de un personaje de ficción. Pero no me arrepiento.

Abandoné el periodismo tras descubrir que no poseía el don de la pregunta oportuna en el momento preciso. Me ocurrió en dos ocasiones. Una con Pasqual Maragall que me regaló una bronca monumental ante otros compañeros de profesión, y otra con una fallida entrevista en directo a Jon Idigoras en una noche electoral en el pabellón La Casilla de Bilbao. Ese día descubrí que no tenía el don de la pregunta justa. Amó tanto esta profesión, que no quería ni podía haber sido un redactor.

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