(Iba a titular este post “Cómo matar un proyecto: haz que todas las metas sean igual de importantes y tengan la misma prioridad” pero al final me he decantado por el Rey desnudo y Bryan por ser más cinematográfico que es lo que me mola
)
Buscar el consenso sobre lo que nos une es una virtud. Ha permitido que los hombres lleguemos al siglo XXI con ciertas cotas de progreso a pesar de que, desgraciadamente, muy a menudo nos empeñemos en destruir. Por supuesto que somos lo que somos por siglos de guerras donde las ideas se han impuesto violentamente. Pero también somos los que somos porque, en otras ocasiones, hemos sido capaces de lograr grandes avances gracias a que -desde la lejanía ideológica- nos hemos puesto de acuerdo en cuestiones esenciales sin necesidad de acudir al mamporro y al grillete.
No soy historiador y sé más bien poco de política. Pero recuerdo haber estudiado uno de esos ejercicios de transversalidad ejemplar. España a finales de los 60 y principios de los 70. El régimen de Franco se descomponía a un ritmo feroz. La oportunidad para restaurar las libertades parecía al alcance de la mano, pero para eso era necesario un enorme ejercicio de generosidad por parte de mucha gente. Sólo existía un objetivo: la libertad, y a por él fueron comunistas, socialistas, monárquicos y conservadores demócratas. Buscaron qué les unía y “aparcaron” lo que les separaba.
Pero lo esencial era defender una única motivación: alcanzar la libertad.
Discutiéndolo con un polaco, algo parecido me dio a entender cuando me explicaba cómo Solidarnosc tomó la bandera del ocaso comunista en Polonia. Con todos los matices, me resumió que ese proceso polaco se realizó bajo una única hoja de ruta que unía a muchas de sensibilidades distintas pero con un único objetivo otra vez, la libertad.
Con toda esta introducción intento situar la perplejidad actual que siento frente al movimiento #15M y sus mutaciones posteriores (#15J, #acampadasol, #acampadabcn, #19J…)
De la hoja de ruta común del #15M (los 4 puntos) hemos pasado a una cosmología política tan amplia que de ambiciosa me parece ilusa, utópica pero sobre todo, nada transversal. Excluyente por querer ser excesivamente inclusiva.
Si nos fijamos en el caso de aquellos demócratas españoles del tardofranquismo, comprobamos que soslayaron de sus agendas aquellas metas que siendo legítimas separaban más que aportaban. Primero la libertad y, luego, cuando ya la hayamos conquistado, cada uno hará lo que tenga que hacer: pero no mezclemos churras con merinas.
Esto es lo que está pasando con el #15M. Todo se confunde con el objetivo principal. Todo lo que queremos ahora. Ya.
Cuando discuto con amigos que fueron a las manifestaciones del 19J y veo que no todos comparten la misma idea, les pregunto a qué manifestación fueron. Me contestan que eso es lo grande: “cabemos todos”.
Les respondo que “es importante que todos quepamos -significa que hay amplitud de miras- pero quizás no me interese compartir mesa y mantel con alguien que en ese preciso instante está defendiendo ideas que personalmente me parecen que atacan la raíz del ser humano”
(Abro un pequeño paréntesis: me parecen alarmantes algunas de las ideas aprobadas en los manifiestos de #acamapadaBCN. Propuestas que ya se pusieron en práctica hace apenas 100 años y que aún hoy siguen generando muchísimo dolor e injusticias: en la antigua URSS o en las actuales China, Corea del Norte o Cuba)
También me censuran mi actitud anti-asambleas diciendo que si no participo entonces no puedo quejarme de que salgan esas conclusiones: “Ven, habla, participa”
Ese mensaje -emitido desde la inocencia y la ilusión del “todos participamos”- posee un gran error: infiere la invalidez de la democracia parlamentaria frente a la supremacía de la democracia asamblearia. La democracia parlamentaria admite la posibilidad del acuerdo y el consenso a pesar de la diferencia donde ceder no es traicionar, sino buscar alternativas. En la democracia asamblearia, no. Ahí hay vencedores y vencidos porque todo se vota y los actos racionales del consenso desaparecen.
Volviendo a la transversalidad inexistente (o excesiva) de estos movimientos creo que la historia lo escribe claro: quien mucho abarca poco aprieta. Tanta amplitud de miras -algunas loables, otras francamente cómicas- me ha llevado a observar la situación actual del movimiento con cierta lejanía: estoy francamente confuso.
Ahora, para ir terminando, cuatro ideas que he ido planteando y que no me cuadran:
Idea 1
#19J no ha sido la 1ª ni la única manifa pacífica. Venderlo así (= éxito rotundo) me parece corto de miras. ¿Por qué tanto acento en algo que en realidad es habitual en las manifestaciones de nuestro país?
Idea 2
Cuando en #19J se grita “no nos representáis” ¿qué hacemos con los casi 26 millones de votos de las generales de 2008? Unos me dicen que la cantidad de manifestantes no es relevante, que lo relevante es el hecho de que hayan existido tantas manifestaciones. Entonces ¿ponemos el límite de lo relevante o asumimos que una sola persona manifestándose es igual que 300.000 o que 3 millones?
Idea 3
Creo que el éxito del #19J en cuanto a participación es relativo. Datos de @democraciareal habla de 900.000 manifestantes en toda España. Las distintas delegaciones del gobierno hablan de un total de 200.000 personas. Si comparamos esos datos con los de la “Manifa contra Irak 2003” (7 millones según organizadores y 2,6 según la policía) compruebo que existe muchísima diferencia entre ambas manifestaciones, sobre todo si tenemos en cuenta que en la manifestación del pasado domingo se trataban cuestiones de importancia radical que afectaban a nuestro futuro como sociedad. #19J atrajo a casi de 10 veces menos de personas que la de guerra de Irak.
Idea 4
El uso de conceptos como “Columna”, “nacionalización”, “expropiación”, “rico = explotador” en el entorno de determinadas “estéticas” dominantes de las asambleas me recuerdan al germen que motivó las revoluciones en URSS, China, Corea Norte, Cuba…
En cierto modo todo esto me recuerda a esa memorable escena de La Vida de Bryan donde los innumerables grupúsculos políticos que dicen tener el mismo objetivo (echar a los romanos) se enfrentan entre sí porque todos tienen “n” fórmulas distintas y una agenda tan grande de particularidades que les impide ponerse de acuerdo. Su fracaso está escrito porque ponen al mismo nivel la meta principal y las secundarias.
Creo que este Rey -en el que todavía creo aunque parezca lo contrario- lo están desnudando. Lo están dejando en pelota picada: no va a ninguna parte.