Opiniones propias y ajenas sobre lo que me da la gana.

A propósito de la muerte de Vic Chesnutt

De su vida apenas sabía nada antes de leer la sobrecogedora noticia de su muerte.

Sólo lo que Wikipedia y los blogs cuentan sobre su circunstancia personal: Vic Chesnutt se quedó parapléjico a los 18 años tras un accidente de coche, y que según parece, se produjo por ir bajo los efectos del alcohol.

También sabía, supongo que por compartir patria chica con Michael Stipe, que los dos se unieron en Athens en los primeros discos de Chesnutt. Vic como compositor, autor, intérprete y Michael como productor.

Poco más. Eso y sus emocionantes canciones.

Hoy, tras unas Navidades donde hemos recordado a los que ya no están con nosotros y donde hemos aprovechado para desempolvar recuerdos y compartir alegrías, me entero que Chesnutt ha muerto.

¿Y la relación de todo esto?

Mucha, poca… o quizás ninguna, según mire.

Que Chesnutt era un talento inmenso para la música creo que no lo discutirá nadie.

Que nos regaló unos discos asombrosos tampoco nadie lo pondrá en duda.

Pero no me apetece y no sería justo hablar hoy de su música, que era su gran pasión. Una vuelta por Spotify y se comprobará en apenas un minutos lo realmente bueno que era.

Su muerte se produjo tras haber ingerido de forma masiva unos relajantes musculares. ¿Suicidio? Todo apunta a que ha sido así. Recientemente, en una entrevista se quejaba que no podía pagar las facturas médicas y farmacéuticas debidas a su situación física. Y en su último trabajo había dejado algunas pistas: el suicidio como salida, en su tema “Flirted You With All My Life”.

Michael Stipe ha declarado varias cosas interesantes a tener en cuenta. Por un lado, que desde su punto de vista Chesnutt era uno de los cantautores más grandes con una voz extraordinaria y, por otro y lo que da más luces sobre su muerte, que atravesaba una fuerte depresión.

También se ha sabido que su deuda con los hospitales era enorme. Se cifra alrededor de unos 35.000$.

Y lo cierto es que el 25 de diciembre entró en coma por esa sobredosis: el día de Navidad, donde se mezclan contrastes de vivencias. Los que miran y admiran las raíces y sus creencias. Y también, los que viven estos días en sus infiernos particulares.

Es probable que por no conocer nada más de su vida peque de atrevido y “peliculero” cuando digo que creo acertar cuando imagino a Chesnutt, un talento creativo tremendo, situado en el segundo grupo: el de los aislados de las Navidades.

Ya no sabremos cual sería su siguiente álbum. Cómo afrontaría, con su peculiar y ruda poética, la descripción de sensaciones al paso por un Duty Free. Pero lo cierto es que Chesnutt, un talento que aún tenía mucho que contar desde su silla de ruedas con su guitarra y su poderosa voz, ya no nos sorprenderá más. Eso sí, a mi me seguirá estremeciendo y asombrando.

Con la enésima dificultad que la vida le plantó frente a sus narices, Vic Chesnutt se estrelló. Le compadezco por eso.

Una cabronada que no pudiera sobreponerse a la última barrera.

Una cabronada que no pudieran (pudiéramos) hacerle entender que él era, como persona y músico, insustuible.

Y es que ahora esos 35.000 dólares -y es triste reconocerlo a toro pasado- nos parecen una tontería en comparación con lo que ha ocurrido.

20 discos… el origen de todo

No sé situar el primer recuerdo sobre la existencia de algo llamado “música”. Pero sí puedo situar entre mis 8 y 15 años (entre 1975 y 1982) mi primera gran explosión musical. Confluyeron en mi casa varias grandes corrientes. Mis hermanos mayores que se debatían entre el rock progresivo de los 70, el folk/country con más o menos cantidad de “protesta” y el cantautor romántico, eminentemente catalán. La otra gran corriente fue la de mi padre, con una clara debilidad por la big band de los 50. Debilidad que supo transmitirme y que, gracias a ella, he podido entender mejor -y disfrutar muchísimo- a Gershwin, Bernstein o Aaron Copland.

Claro que tengo recuerdos anteriores a los 8 años. Por allí andan “Mi Limón, mi limonero”, “Capitán de madera” pero también tengo la certeza de que pronto las identifiqué como algo de bajo nivel. O al menos, que ese tipo de música no me interesaba nada.

También compartieron espacio antes de los 8 años -y con una gran importancia por lo que luego he podido comprobar- el “Strangers in the night” de Frank Sinatra, “Les amants du dimanche” de Edith Piaf, “Maria” de West Side Story o el tema de Anton Karas para la película “El tercer hombre”. Todos estos títulos en su versión single.

Haciendo un ejercicio de regresión mental he llegado a situar 20 discos que, por un motivo u otro, los recuerdo con muchísimo cariño. Curiosamente, repasando esta lista de lo que se escuchábamos en mi casa entre la muerte de Franco y la irrupción de Naranjito, no se encuentran ni a Elvis Presley ni a los Rolling Stones. Y tampoco canción española. Claro está que yo no tenía ni voz ni voto, y todo aquello que traían mis hermanos iba, literalmente, a misa. Si ellos no escuchaban a Elvis ni a los Rolling, se debía porque seguramente no eran buenos… ¡ay!

Y tras el Mundial, llegó mi aparatosa entrada oficial en la adolescencia. Y esa explosión inicial se convirtió en huracán desmedido por la música. Pero eso ya es otra historia.

  1. A night at the opera | Queen
  2. Crime of century | Supertramp
  3. Tubular Bells | Mike Oldfield
  4. Crisis, what crisis? | Supertramp
  5. Even in the quiest moments | Supertramp
  6. Wish you were here | Pink Floyd
  7. Dark side of the moon | Pink Floyd
  8. We shall overcome | Pete Seeger
  9. Greatest hits | John Denver
  10. The phantom of paradise | Paul Williams
  11. 20 éxitos de oro | The Beatles
  12. Journey to the Center of the Earth | Rick Wakeman
  13. I si canto trist | Lluis Llach
  14. Viatge a Itaca | Lluis Llach
  15. Grandes éxitos | Glen Miller, Tomy Dorsey Benny Goodman
  16. Made in Japan | Deep Purple
  17. Speak & Spell | Depeche Mode
  18. Setting sons | The Jam
  19. Year of the cat | Al Stewart
  20. Star Wars | John Williams

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