Hoy hace 20 años que Europa se empezó a reconocer un poco más a sí misma. El desmoronamiento de la Europa comunista se certificó mediáticamente el 9 de noviembre bien entrada la noche, cuando Günter Schabowski, portavoz del gobierno de la ex-RDA reconocía el libre tránsito de ciudadanos en Berlín. Y horas más tarde llegó el gesto de Harald Jäger, un joven agente de la polícia secreta de la ex-RDA, abriendo una de las puertas más emblemáticas de la historia reciente europea y que cambiaría la estructura de un mapa falseado durante casi 50 años.

Un gesto que enlaza directamente con la frase Neil Armstrong y la importancia de los pequeños gestos con los que el hombre ha construído la gran historia de la humanidad.

Curiosamente, y dependiendo de la ralea política de los medios de comunicación, hoy viviremos una avalancha de resumenes y revisiones históricas. Y digo lo de ralea, porque seguramente no todos los protagonistas aparecerán como es debido. Me viene uno a la memoria. .

Sobre este punto, recupero el post de Juan José García Noblejas en su Scriptor.org donde comenta, o más bien comparte lo que ha contado Joaquín Navarro-Valls -ex portavoz de la Santa Sede durante el papado de JPII- en un reciente artículo publicado en el diario italiano Reppublica: «Wojtyla, Gorbaciov e la caduta del muro»

Un muro menos. Un paso enorme. Pero insuficiente.

Pero quedan aún unos cuantos.

Los visibles y los invisibles.

Quedan los muros de Israel, el de la frontera mexicana, el que separa las dos Coreas… y muchos otros, quizás menos emblemáticos, pero igual de feroces. Vallas electrificadas que separan familias, que impiden aspiraciones, que se enquistan en odios raciales y nacionales. Muros que nacen de una equivocada racionalización de lo qué es el hombre. Son muros empeñados en dar la razón a una de las sentencias más erróneas de la historia de la humanidad: «el hombre es un lobo para el hombre» (Thomas Hobbes)

La función del muro es defenderse, pero un muro siempre aisla. Impide la entrada, pero bajo la premisa de evitar la salida. Un muro recluye. Domina e impide que la libertad del hombre brille como es debido.

Un muro me sugiere el ghetto de Varsovia.

Y en su versión actual y sangrante, la tragedia de .

Pero, a veces, desgraciadamente los muros son totalmente necesarios. Imprescindibles. Eso lo aprendí en una película inmensa como «Disparando a perros«, donde esa débil valla no vale nada si no existe el compromiso de los que pueden evitar los genocidios que esconden los muros.

Y de ese compromiso surge una tercera arista en la concepción de los muros. Las dos primeras hacen referencia a los aislados: a los que no pueden entrar y a los que no pueden salir. Defensa, exclusión y reclusión

Esa tercera pata es el silencio de los que no se sienten implicados. De los que miran hacia otra parte.

Muros invisibles y muros visibles. Muros que se realimentan en el miedo y en la represión. Muros que nos llevan a percibir con desconfianza el color de la piel, el acento extraño, la costumbre que para nosotros no es costumbre.

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